jueves, 3 de septiembre de 2015

Lágrimas en la nieve II


Cuando se giró, observó lo que jamás se había esperado. Un chico de porte gallarda y semblante masculino estaba delante de ella: las facciones de su cara eran perfectas; sus ojos eran de un verde increíble, como si una persona se perdiera en una selva sin retorno; su pelo era una enorme madeja de rizos rubios alocados, como si de una lluvia de meteoritos se tratara.

            —Claro—le respondió de manera inmediata. Esos ojos, esa cara… Lorna no se lo creía.

            El joven la cogió de la mano y no dejó de mirarla.  Con pasos sigilosos llegaron al centro del baile. Lorna no dejaba de mirarlo. Colocó su mano izquierda en su cadera y con la mano derecha sujetó la de Lorna y la guio. Prácticamente era él el que guiaba la escena. Ella simplemente se dejaba llevar. Las luces de la fiesta parecían estrellas alrededor de los dos y el murmullo de la gente se convirtió en silencio para ella. Por fin, en su vida, sintió un cosquilleo por todo su cuerpo.

            — ¿Quién eres?— Lorna por fin consiguió emitir dos palabras juntas. Solamente llevaban unos minutos juntos, bailando, pero sintió que el tiempo a su lado se hacía eterno.

            —No importa quién sea. Lo único que sé es que te he visto sola toda la noche. Así que no sufras más— eso último la descolocó. Había conseguido mantener su templanza y arrojo, aunque por dentro se sintiera como la persona más desdichada del mundo. Y en dos segundos, el chico que tenía enfrente la había calado enseguida.

            Esas palabras removieron a Lorna por dentro y desvió su rostro hacia su alrededor. Compañeros suyos y gente que no conocía, bailaba, reía, disfrutaba…

               —¿Por qué me dices eso?—lo miró con tristeza.

            —Porque siento que en tu interior hay una tormenta que presiona por quedarse y tú no eres capaz de rechazarla pero yo sé que puedes, que puedes ganar a todo lo que se te cruce alrededor—la miraba con sinceridad y amabilidad, pero Lorna sintió que estaba mintiendo.

            —Tú no sabes cómo soy en realidad—le soltó la mano y lo miró desafiante. Sin embargo, unas lágrimas comenzaron a caerle.

            —Sí que lo sé. El problema es que no sabes de lo que eres capaz de hacer tú con tu cuerpo y tu mente—le cogió un mechón del cabello y lo acomodó en su oreja—. Puedes ser feliz si te lo propones.

            Y con esas palabras se separó de ella y se alejó hasta que se convirtió en un sombra entre la gente de la fiesta. Lorna se quedó confundida. Tan pronto como aparecido,  se había ido. Se secó las lágrimas y recordó las palabras de su madre: “Estás preciosa hija mía. Esperó que lo veas tú también” y se le oprimió el pecho. Lorna siempre buscaba la perfección en todo, en la apariencia, en el carácter, en la inteligencia pero sus padres, en especial, su madre, insistían en que la forma de ser de las personas es única, tanto por dentro, como por fuera.

            —¡Espera!—gritó con intensidad. La gente de su alrededor la miró extrañada pero no le importó. Echó a correr sin pensarlo. Tenía que saber porque ese chico la había tratado de esa forma si era la primera vez que se veían.

            Su madre siempre buscaba en ella la parte buena de las cosas pero ella despreciaba ese intento suyo por animarla, debido a los altos muros que tapaban y oscurecían su corazón ante el cariño ajeno. Sin embargo, ese chico, ese individuo desconocido con el que había bailado, había conseguido saltar los muros de su impenetrable corazón y había arrojado un poco de luz, aunque tintineante. Salió  del recinto y miró por todas partes. No había ninguna sombra. Solamente estaba el frío arrollador de la noche.

            Miró a todas partes: nada. Parecía que se había desvanecido en el aire. Echó a correr por la calle principal y lo buscó con la respiración agitada. Las luces de las farolas se imponían sobre ella guardianes de la noche.

            —¿¡Dónde estás!?— gritó con rabia. Sabía que en esa calle solitaria estaba ella sola y nadie más pero al gritar sacó un poco de su ira contenida. Al sentir cómo sus  cuerdas vocales habían entonado la pregunta con esa fuerza, cerró los ojos y volvió a gritar. Pero esta vez no dijo nada. Simplemente gritó y toda su rabia salió con más fuerza que nunca.

            No había nadie, sólo estaba ella y su dolor, un dolor cimentado durante muchos años por su timidez, por las constantes comparaciones que se hacía con los demás buscando la perfección, por la nula sociabilidad que no la dejaba ser feliz. Sus seres queridos siempre habían estado a su lado y, aunque ella no lo viera en un principio, sí que entendían su dolor e intentaban arrancárselo de su interior, pero ella jamás les prestaba atención pues se centraba en sí misma y en un sufrimiento que la perseguía.

            Dejó caer su peso sobre el suelo y cayó de rodillas. Entonces, las lágrimas comenzaron a brotarle de los ojos.

            —Deseo ser feliz. Deseo levantarme todas las mañanas sin pensar que tendré un día malo, que no estaré a altura de las circunstancias, que me mirarán como si fuera un bicho raro.

            Al son de la caída de sus lágrimas, los copos de nieve comenzaron a caer del cielo. La rodearon y las luces de las farolas alumbraban su figura como si fuera un ángel. Y en ese momento, sintió como una mano le secaba las lágrimas de su rostro blanco. Lorna sintió una sensación cálida y se quedó absorta en ese momento, pero cuando buscó el origen de ese gesto no vio a nadie. Se levantó, buscando pero no había nadie:

            —“¿Y si ha sido él?”— se dijo así misma pero no encontró nada.

            En realidad, sí que había algo que la había estado observando todo la noche, sus lamentos y sus lloros: la gran fuente del ángel. Y mientras ella observaba, sin entender cómo había llegado hasta ahí, a lo lejos una hoja de periódico sobrevolaba el cielo con el siguiente contenido: “El gran ángel de la fuente de nuestra ciudad ha desaparecido en la madrugada de la noche de ayer. Las autoridades concluyen que ha sido un robo perfecto debido…”.

OTRAS PARTES: I

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Lágrimas en la nieve I


Lorna corrió sin mirar atrás. Las lágrimas le caían desesperadamente por sus mejillas blancas, fruto de la rabia que la invadía. Sus padres no la entendían y no la entenderían, de eso estaba segura. Y todo por culpa de su forma de ser, de su forma de ver el mundo y de relacionarse con él. En especial, había un tema peligroso que levantaba ríos de tinta en su casa: los chicos. Lorna era una chica sensible, con miedos e inseguridades y su suerte con los chicos nunca fue buena. No sabía cómo acercarse a uno y entablar una conversación y eso la empequeñecía hasta el punto de sentirse en una infinita soledad. Y sus padres le reprochaban constantemente su falta de arranque.

            —Que sabrán ellos— se repetía constantemente Lorna— que lo ven todo desde una perspectiva que no es la mía.

            Unos minutos antes había roto a llorar frente a su madre porque no quería sentirse sola en la fiesta que se celebraría en un día en su instituto. Su madre intentó consolarla, alentarla pero Lorna sintió un puño en su pecho.
            —No tienes nada de qué preocuparte, hija mía, vales más de lo que te crees– le repitió constantemente mientras la mecía en su regazo. Pero para Lorna eso era una mentira.

            —Que vas a decir tú, si eres mi madre— le reprochó segundos antes de salir corriendo de su casa.
            No, nadie se ponía en su lugar, nadie la comprendía y eso la mortificaba. Se apoyó en una pared de la calle. La noche era la única testigo de su desdicha. Las luces de las farolas parpadeaban y la nieve comenzó a caer pero a Lorna no le importó. Se secó las lágrimas de sus mejillas y sin darse cuenta, sus pies la llevaron a la fuente que coronaba el centro de la calle. Se sentó en el mármol gris y antiguo.

            —“Ojalá yo fuera transparente como el agua”—pensó—. “Así la gente sabría cómo me siento de verdad”.

            Metió su mano en el agua y la sintió fresca y limpia. No obstante, lo que más le atraía de la fuente no era el agua que brotaba de sus entrañas sino el ángel que la custodiaba. Lorna miró el rostro angelical del ángel.

            —Desearía alguien  en mi vida, grácil y bueno, que viera más allá de las apariencias, se dijo a sí misma.

            Se quedó absorta mirando el ángel y creyó que el ser alado hacía lo mismo. Pasaron segundos, minutos y esa mirada entrecruzada de los dos bastó para crear un lazo entre los dos que llegaría a límites insospechados.
            Un copo de nieve cayó en su nariz y sintió el frío del invierno.

            —“Es hora de volver”— se dijo a sí misma. Se acomodó el abrigo para evitar el fío y anduvo hacia su casa, dispuesta a afrontar un día más de su vida.

            Cuando despertó en su cama, miró el paisaje por las ventanas. Un paisaje blanco, níveo y  hermoso se presentaba ante ella.  Se quedó mirándolo ensimismada acurrucada entre sus sábanas unos minutos. Más tarde, salió a desayunar y encontró a sus padres, hablando.

            —Qué raro— dijo su madre—,  deben ser profesionales para poder haber hecho eso.

            Lorna no prestó atención al comentario de su madre. Desayunó y marchó al instituto. El aire que se respiraba era de júbilo y alegría pero Lorna sintió una opresión en su corazón. Al regresar a su casa, sin saludar a sus padres, se encerró en su habitación, esperando la hora de la fiesta. Los minutos se convirtieron en horas hasta que llegó el momento. Aunque Lorna no se hablaba con su madre, ésta la ayudó a maquillarse para la fiesta. Cuando terminó, se miró en espejo: llevaba un vestido blanco de gasa hermoso como la nieve. Su cabello había sido alisado de tal forma que parecía una cascada.

            —Estás preciosa hija mía. Esperó que lo veas tú también— le dijo su madre al oído.

            Lorna sintió raras esas palabras. ¿Cómo iba a ser ella preciosa si nadie la miraba? Momentos antes de la fiesta, halló a sus amigas en la entrada del instituto. Fingió una sonrisa deslumbrante frente a ellas y entraron pero por dentro Lorna sintió que se moría.  Y así pasaron las horas: sus amigas reían y se divertían mientras ella fingía una sonrisa de pasarlo bien. Cuando sus amigas marcharon al núcleo de la fiesta, Lorna aprovechó para ir a la mesa de bebidas. Cogió un vaso de plástico y lo rellenó. A su lado, había dos chicos. Ni siquiera me prestan atención, pensó. Terminó de rellenar el vaso y durante unos instantes captó lo que dijo uno de los dos chicos.

            —Es increíble, la policía está asombrada—dijo con los brazos cruzados—. Ha sido un robo perfecto.

            Lorna no sabía de qué hablaban pero su madre había dicho algo parecido por la mañana. Torció el gesto y volvió a rellenar el vaso. Y entonces, en ese momento, lo sintió. El agua de su vaso  tembló y el ruido de la fiesta se paralizó a su alrededor. Su respiración no era más que un leve susurro. En realidad, para ella el tiempo se había parado. No obstante, los latidos de su corazón eran firmes y fuertes. Los sentía con mucha fuerza.

              —“¿Qué está pasando?”—se preguntó  a sí misma– “¿Por qué no puede moverme?”


         —Disculpa, ¿me permites este baile?—un susurro como nunca antes había escuchado, un sonido melódico y armonioso la conmocionó. 

OTRAS PARTES: II