miércoles, 5 de agosto de 2015

El milagro al final de los recuerdos I



La pequeña Laura miró a su madre preparar la cena. Olores suculentos y nutritivos inundaron la nariz de la chiquilla. La pequeña se puso de puntillas y por encima de la encimera, pudo ver los platos que su madre preparaba para la cena de Navidad. Cómo le gustaba a la dulce niña esa festividad: su padre traía del bosque un gran árbol y entre los tres, su padre, su madre y ella, lo adornaban con gran felicidad, como si cada Navidad fuera distinta y trajera un nuevo sentimiento.

         —Laura, tranquila. Dentro de unas horas podrás comer— dijo su madre y prosiguió con sus tareas. La pequeña hizo pucheros a su madre y salió de la cocina.

         En ese momento, la puerta de la gran casa se abrió y su padre, con aspecto desaliñado, entró con varios troncos. Su hija se acercó y vio cómo iba colocando su padre la madera bajo la chimenea. Al poco rato, un gran fuego inundó de calidez el hogar.

         —¡Papi!¡Papi!—Laura corrió y se acomodó entre los brazos de su padre sin darle tiempo a reaccionar—. Cuéntame un cuento.

         El padre, al ver la inocencia con que su hija se lo pedía, se sentó al lado de la chimenea. Antes de preguntarle, su mirada pasó por encima de la mesa, donde reposaba una vieja foto familiar y su semblante cambió.

         —Papi, ¿te pasa algo?—la pequeña miró en la misma dirección que su padre y vio la foto.

     —Nada, Laura—su rostro melancólico cambió—.Dime, ¿qué cuento quieres que te lea? ¿La Caperucita Roja? ¿Ricitos de oro?—la pequeña negó con la cabeza. El padre la observó intentando desentrañar qué cuento quería su hija, pero en ese mismo instante, la vieja foto de la mesa lo invadió. Solo fueron unos segundos, que le parecieron eternos, y entonces tuvo una idea—. Hoy te voy a contar una historia nueva, una inventada por mí.

      Laura, al oír esas palabras, estalló de emoción. Le encantaba aquellos momentos en los que su padre le relataba una historia, pero no la de los libros, sino las que se inventaba él.   

         —Érase una vez…—dijo su padre y teniendo la imagen familiar delante, le relató a su hija una historia de un reino lejano, gobernado por un rey y una reina con una descendencia de catorce hijos. El rey, justo y recto, crio tantos a sus hijos como a sus hijas con templanza y humildad. A cada uno de ellos les dio siempre lo que querían pero haciéndoles ver que las cosas había que ganarlas, no pedirlas por mero capricho.

         >>La reina, por su parte, era la mujer más sabia y dulce del reino. Sus catorce hijos la tenían por el ser más hermoso y honesto y siempre sabía de qué manera tratar a sus hijos con los consejos más acertados en cada momento. Era tal la dicha del reino que sus habitantes se sentían complacidos por estar gobernados por dos personas de gran corazón.

         >>Pero un día llegó una carta de un reino lejano, en la que el príncipe solicitaba la mano de una de las princesas. El rey sabía que algo así podría llegar con lo que accedió a dicha petición. De antemano, ya conocía las virtudes de ese príncipe y supo que su hija iba a ser feliz. Con su bendición, la princesa partió al reino lejano, pero en el corazón de los reyes una llama se apagó. Ya no sabrían cuando iban a volver a ver a su hija.

         >>Si esa partida los entristeció, los años siguientes fueron peores. Los treces hijos restantes crecían cada día, convirtiéndose los varones en hombres fuertes y valientes y las mujeres en doncellas virtuosas y alegres. Y así con el paso de los años, cada hijo e hija partió a un destino diferente, muy lejos del reino que siempre habían tenido como hogar.

         >>De los catorce hijos, solo quedó uno. Su deber era estar con sus padres hasta el final. Lo sentía por dentro. Por ello, nunca se marchó. Se quedó en el castillo, el hogar de los recuerdos de su infancia. Y así sucedió al rey en el trono y se casó con una bella mujer. Los antiguos reyes rebosaban  de orgullo al ver como su hijo se había convertido en el actual rey, pero el hijo sintió que la dicha de sus padres estaba incompleta, puesto que anhelaban la compañía del resto de sus trece hijos, aunque fuera una vez más.

OTRAS PARTES: II