miércoles, 26 de agosto de 2015

Reseña: "El retrato de Mary Rose" de Juan de Haro

PUEDE CONTENER SPOILER

Link para conseguirlo:



Sinopsis:
“Los padres de Ashley se han separado una temporada a causa de los problemas que su madre tiene con el alcohol. Ahora, seis meses después, viaja con su madre desde Boston, a la casa del lago donde vive su padre, en una pequeña ciudad llamada Wild Valley. Al llegar descubren que su padre ha cambiado. En realidad demasiado. Lo que antes fue un padre modelo para Ashley, es ahora todo lo contrario: frío y distante. ¿Por qué? Tras este escenario como fondo, Ashley ve un cuadro que hay en la casa del lago, en el que aparece una hermosa joven. Tras sufrir unas extrañas sacudidas, se obsesiona con él y empieza a investigar. Pronto comprueba que los extraños cambios de su padre están ligados al pasado de ese inquietante retrato... un pasado diabólico. Pero Ashley sólo tiene dieciséis años, ¿qué puede hacer una joven ante el desafío? Necesita conocer a alguien...”

 Con esta sinopsis, Juan de Haro presenta su obra a todo el mundo y, he de decir, que no deja indiferente a nadie.
La obra nos presenta la historia de Ashley con un pasado triste y difícil debido a la historia de sus padres. Enmarcando la historia en la ciudad de Wild Valley, en seguida, nos sumergimos en un ambiente mágico y remoto que nos indica que en esta historia las fuerzas mágicas y paranormales están al acecho de los habitantes de esta pequeña ciudad.

Ashley y su madre huyen de la ciudad con tal de pasar un tiempo alejadas de todo y, así, recuperar el contacto con el patriarca de la familia, pero, como bien reza la sinopsis, se mostrará éste como una persona fría y solitaria y será uno de los dos detonantes que harán moverse a Ashley. El otro detonante es un cuadro que se encuentra en el pasillo de su nuevo hogar: el retrato de Mary Rose. Entre la joven del retrato y la propia Ashley se establecerá un vínculo que superará los límites de lo conocido. La curiosidad hará a Ashley moverse por toda la ciudad, descubriendo todos sus lugares e historias, como lo que sucedió a la propia Mary Rose y, paralelamente, se enfrentará al extraño comportamiento de su padre, un referente para ella que antes se mostraba cariñoso y dócil cuando la adicción de su madre al alcohol la convertía en todo menos en un referente maternal.

Creo que en este aspecto, la novela puede cojear un poco, es decir, mediante flashbacks descubrimos los avatares de la vida de Ashley y su madre pero en lo que respecta al padre, no sabemos cómo fueron los meses en solitario en la casa de Wild Valley. Puede que haya alguna referencia pero poco más.

Otros personajes toman presencia en la historia son, a destacar sobre todo, el profesor Bill Marshall. Presentado como un James Bond novato, representa la acción en la historia y hará pareja con Ashley para intentar desentrañar qué ocurre con los personajes del pueblo, que muestran un comportamiento extraño, entre ellos el vecino de Marshall y el propio padre de Ashley. Será un comportamiento extraño que está relacionado con el propio pasado de Mary Rose, con lo que las historias se encauzan en torno a un camino sorprendente y mágico.

Ha sido una experiencia muy bonita leer esta historia y seguro que la gente también se sentirá como Ashley o Marshall a la caza de la verdad.


Puntuación 4.5/5


MÁS RESEÑAS: Extraños en un tren

sábado, 22 de agosto de 2015

Concurso "Porciones del Alma"

Me presenté al concurso "Porciones del Alma" de Diversidad Literaria y mi microrrelato, Siempre unidos, ha quedado seleccionado entre 850 microrrelatos para ser publicado en la antología. ¡Con este, ya son dos!


Reseña: "Extraños en un tren" de Patricia Highsmith


He aquí mi primera reseña del blog. Me centraré en la novela y no en la película de Alfred Hitchcock, aunque utilizaré una imagen de la película para ilustrar una escena de la novela.

OJO: HAY SPOILERS EN TODA LA RESEÑA.

Extraños en un tren es una novela de corte policíaca y de suspense en el que se plantea una trama muy curiosa cuyas consecuencias son sorprendentes: dos personas intercambian sus asesinatos de manera que la policía en ningún momento puede relacionarlos con sus víctimas puesto que no tienen relación con ella. Pero no todo es tan fácil ni tan simple como ahora iremos viendo.

Los “extraños” son Guy Haynes y Charles Anthony Bruno. Ambos se encuentran por casualidad en un tren y conversan hasta que pasan al tema personal y Guy revela el motivo de su viaje, intentar divorciarse de su mujer Miriam, aunque en un principio ya están separados debido a las infidelidades de ella, y así poder casarse con Anne, su actual pareja. En esta conversación, descubrimos las personalidades de ambos hombres: Guy es un hombre correcto, humilde, arquitecto de profesión que busca hacerse un nombre y Bruno, un hombre de buena familia que no siente cariño ni amor por su padre, puesto que él siempre lo ha visto como un “tirano” o como él dice, un “capitán”. La personalidad de Bruno es la que en los primeros capítulos se perfila y se expone con mayor claridad. Tiene una filosofía de vida anárquica y rebelde y cuando habla con Guy, le plantea el plan perfecto: él asesina a Miriam y Guy asesina a su padre.

Guy toma esto como una broma de mal gusto y decide olvidarlo pero Bruno, no. En el momento en que ambos hablan en el tren, Bruno siente empatía por Guy y se compromete a librarlo de Miriam. Los días pasan y, finalmente, la mitad del pacto se cumple. Bruno asesina a Miriam y está dispuesto a perseguir a Guy para que cumpla su parte.
Hasta aquí, Patricia Highsmith establece y marca las líneas principales en torno a la conducta de los personajes. En otras palabras, Bruno se nos presenta como el opuesto de Guy y a medida que avanza la trama, descubriremos que estos dos opuestos se complementan.
Tras asesinar a Miriam, la gente sospecha de Guy pero finalmente queda como un caso sin resolver. Gracias a la muerte de ésta, Guy puede rehacer su vida con Anne y tener la vida por la que ha luchado. No obstante, Bruno empujará a Guy a que cumpla el pacto que él cree que le hizo en el tren: asesinar a su padre. A partir de este momento, lo acosará a llamadas, cartas con planos sobre la casa, consejos sobre a dónde tiene que ir… 
Guy se sentirá asfixiado por el acoso de Bruno hasta el punto de que los cimientos de su relación con Anne se tambalea y, finalmente, Guy se convence de que debe cometer el asesinato y sigue las indicaciones de las cartas. 

De este modo, el pacto verbal del tren se ha cumplido. Ambos ya no tienen a las personas que les arruinaba la vida y pueden prosperar pero, como ya hemos dicho más arriba, hay consecuencias tras la ejecución de este plan que afectarán a los personajes.
Se podría decir que la obra tiene tres partes: la primera corresponde a la escena del tren y el asesinato de Miriam; la segunda parte corresponde a la lucha convulsa de Guy contra Bruno hasta que al final el primero sucumbe al segundo; y la tercera parte se nos muestra la investigación del detective Gerard, que supone “la piedra de toque” o el muro con el que se encuentran los dos personajes.

En esta tercera parte, el detective privado que trabajaba para el ya difunto padre de Bruno investiga la muerte de éste y hace gala de una inteligencia y sagacidad interesantes. Paralelamente a la investigación, Bruno y Guy desarrollan una amistad venenosa y amarga, sobre todo para Guy. Él no quiere saber nada de Bruno e intenta olvidar la noche del asesinato pero el detective Gerard ata cabos rápidamente y espera un movimiento en falso de los dos para poder cogerlos y esto llega con la reunión de Bruno y Guy en el barco del último. Debido a un accidente, Bruno cae al agua y muere. Con este último acto, Guy consigue su redención.
En este punto, podríamos pensar que una vez muerto el perro se acabó la rabia, pero no. Será la muerte de Bruno lo que suponga para Guy el momento de inflexión, de todo lo que le ha ocurrido desde el momento del tren pasando por la muerte de Miriam y el asesinato del padre de Bruno, teniendo en cuenta la relación con Anne y su futuro. Decide escribir una carta con su confesión y entregarse a la policía.

A grandes rasgos, no observamos una mera novela policiaca y de suspense, sino cómo nuestros actos, aunque sean involuntarios, nos condicionan hasta el punto de que nuestro libre albedrío deja de existir para dar paso a la causalidad de nuestros actos. Patricia Highsmith consigue sacar mucho provecho de la simple idea de dos personas que se encuentran en un tren y una de ellas plantea un maquiavélico plan.

Puntuación 5/5

OTRAS RESEÑAS: El retrato de Mary Rose



sábado, 8 de agosto de 2015

El milagro al final de los recuerdos II


       La voz del padre sonó, en estas últimas palabras triste, y Laura lo sintió. El padre intentó disimular ese sentimiento pero su hija, a pesar de tener seis años, era consciente de que esa historia ocultaba algo más. Miró el retrato de la foto antigua y preguntó:

         —Papi, ¿los trece hijos de la historia son tus trece hermanos?—preguntó.

         Él reaccionó ante la perspicacia de su hija y le sonrió. Fue una sonrisa disimulada, incluso forzada, pero bastó para que su hija no estuviera triste.

         —Sí, Laura.

         A lo lejos, el ruido de su mujer en la cocina despertó a los dos del trance en que la historia los había sumergido.

         —Anda, ve y ayuda a tu madre con la cena—Laura asintió y se alejó de su padre, no sin antes abrazarlo y darle un beso. Observó cómo su hija trotaba por el comedor hasta la cocina.

         El padre se levantó del suelo y atizó el fuego. Sí, la historia que le acababa de contar a su hija estaba basada en la historia de sus trece hermanos. Cada vez se acordaba de ellos y no podía evitar preguntarse qué harían, si estarían bien o si se acordarían de él. Desde que su hermana mayor se fue de la casa familiar, el resto de la camada hizo lo mismo: todos querían conocer mundo y buscar su propio camino.

         De los catorce, solo quedó él a cargo de la casa familiar y del cuidado de sus padres. Algún hermano o hermana, de vez en cuando, visitaba la casa familiar, pero desde que murieron sus padres, de eso hacía un año ya, no los volvió a ver. Y en esas fechas tan señaladas, la visión del marco, la foto en la que aparecía con sus trece hermanos y sus padres, lo traspasó bien hondo.

         En su interior, yacía el miedo de no volver a verlos nunca más.

         Intentó desviar esos pensamientos mientras oía la voz de su hija Laura y de su mujer en la cocina, pero al verlas deseó profundamente que el resto de sus hermanos estuviera ahí con él y su familia, sobre todo con Laura.

         Desvió la mirada y terminó de atizar el fuego. Y en ese preciso instante, ocurrió algo inesperado. La familia oyó como la puerta era golpeada desde fuera. Eso le extrañó al padre, puesto que la nieve caía con gran fuerza y nadie se atrevería a salir.

Su mujer salió de la cocina y corrió a la puerta. Ni siquiera se había quitado los guantes, cuando al abrir el gran portón de la entrada, emitió un pequeño grito que sobresaltó a Laura y a su padre. Éste miró a su madre con gesto preocupado.

         —¿Sucede algo?—se levantó del suelo y se acercó a ella.

         —No puede ser—dijo con una voz apenas audible.

         Se acercó hacía la puerta y el atizador que llevaba en las manos cayó al suelo al segundo de ver quién había tocado. La pequeña Laura vio a sus padres quietos, sin moverse y se acercó a dónde estaban ellos. Cuando se abrió paso entre las piernas de sus padres, se quedó con la boca abierta.

         —¡Tíos!-dijo eufórica. Saltó hacia ellos y uno de los hermanos pequeños de su padre la cogió.

       —Estáis aquí—dijo el padre. Al observar a sus hermanos y sus respectivas familias con sus hijos, unas lágrimas cayeron por sus mejillas—. Habéis venido.

         El hombre que había recogido a la pequeña Laura le sonrió. Todos y todas entraron en la casa que una vez fue su hogar, que tantos recuerdos guardaba para los catorce hermanos. Laura observó a sus primos y jugó con ellos. A algunos los conocía, a otros no, pero en seguida formaron un gran círculo en torno a la chimenea y se dispusieron a contar historias navideñas. Su padre y su madre no podían creer lo que estaba ocurriendo.


Finalmente, al hallarse en el interior de la casa toda la inmensa familia, el padre de Laura se dispuso a cerrar la puerta y justo antes de cerrarla, vio en la lejanía dos sombras, dos personas mayores cogidas de la mano: sus padres. Volvió a mirar bien y estos le sonrieron y solo un segundo después desaparecieron de su vista. Creyó estar por un segundo loco al ver los fantasmas de sus padres muertos, pero no le importó. Sus padres, aunque hubiera sido por unos segundos, y sus trece hermanos, junto con su esposa e hija estaban reunidas por Navidad.

OTRAS PARTES: I


miércoles, 5 de agosto de 2015

El milagro al final de los recuerdos I



La pequeña Laura miró a su madre preparar la cena. Olores suculentos y nutritivos inundaron la nariz de la chiquilla. La pequeña se puso de puntillas y por encima de la encimera, pudo ver los platos que su madre preparaba para la cena de Navidad. Cómo le gustaba a la dulce niña esa festividad: su padre traía del bosque un gran árbol y entre los tres, su padre, su madre y ella, lo adornaban con gran felicidad, como si cada Navidad fuera distinta y trajera un nuevo sentimiento.

         —Laura, tranquila. Dentro de unas horas podrás comer— dijo su madre y prosiguió con sus tareas. La pequeña hizo pucheros a su madre y salió de la cocina.

         En ese momento, la puerta de la gran casa se abrió y su padre, con aspecto desaliñado, entró con varios troncos. Su hija se acercó y vio cómo iba colocando su padre la madera bajo la chimenea. Al poco rato, un gran fuego inundó de calidez el hogar.

         —¡Papi!¡Papi!—Laura corrió y se acomodó entre los brazos de su padre sin darle tiempo a reaccionar—. Cuéntame un cuento.

         El padre, al ver la inocencia con que su hija se lo pedía, se sentó al lado de la chimenea. Antes de preguntarle, su mirada pasó por encima de la mesa, donde reposaba una vieja foto familiar y su semblante cambió.

         —Papi, ¿te pasa algo?—la pequeña miró en la misma dirección que su padre y vio la foto.

     —Nada, Laura—su rostro melancólico cambió—.Dime, ¿qué cuento quieres que te lea? ¿La Caperucita Roja? ¿Ricitos de oro?—la pequeña negó con la cabeza. El padre la observó intentando desentrañar qué cuento quería su hija, pero en ese mismo instante, la vieja foto de la mesa lo invadió. Solo fueron unos segundos, que le parecieron eternos, y entonces tuvo una idea—. Hoy te voy a contar una historia nueva, una inventada por mí.

      Laura, al oír esas palabras, estalló de emoción. Le encantaba aquellos momentos en los que su padre le relataba una historia, pero no la de los libros, sino las que se inventaba él.   

         —Érase una vez…—dijo su padre y teniendo la imagen familiar delante, le relató a su hija una historia de un reino lejano, gobernado por un rey y una reina con una descendencia de catorce hijos. El rey, justo y recto, crio tantos a sus hijos como a sus hijas con templanza y humildad. A cada uno de ellos les dio siempre lo que querían pero haciéndoles ver que las cosas había que ganarlas, no pedirlas por mero capricho.

         >>La reina, por su parte, era la mujer más sabia y dulce del reino. Sus catorce hijos la tenían por el ser más hermoso y honesto y siempre sabía de qué manera tratar a sus hijos con los consejos más acertados en cada momento. Era tal la dicha del reino que sus habitantes se sentían complacidos por estar gobernados por dos personas de gran corazón.

         >>Pero un día llegó una carta de un reino lejano, en la que el príncipe solicitaba la mano de una de las princesas. El rey sabía que algo así podría llegar con lo que accedió a dicha petición. De antemano, ya conocía las virtudes de ese príncipe y supo que su hija iba a ser feliz. Con su bendición, la princesa partió al reino lejano, pero en el corazón de los reyes una llama se apagó. Ya no sabrían cuando iban a volver a ver a su hija.

         >>Si esa partida los entristeció, los años siguientes fueron peores. Los treces hijos restantes crecían cada día, convirtiéndose los varones en hombres fuertes y valientes y las mujeres en doncellas virtuosas y alegres. Y así con el paso de los años, cada hijo e hija partió a un destino diferente, muy lejos del reino que siempre habían tenido como hogar.

         >>De los catorce hijos, solo quedó uno. Su deber era estar con sus padres hasta el final. Lo sentía por dentro. Por ello, nunca se marchó. Se quedó en el castillo, el hogar de los recuerdos de su infancia. Y así sucedió al rey en el trono y se casó con una bella mujer. Los antiguos reyes rebosaban  de orgullo al ver como su hijo se había convertido en el actual rey, pero el hijo sintió que la dicha de sus padres estaba incompleta, puesto que anhelaban la compañía del resto de sus trece hijos, aunque fuera una vez más.

OTRAS PARTES: II