jueves, 23 de julio de 2015

Mis alas rotas III

Podía parecer una egoísta por pensar de esa manera pero en su fuero interno era lo que sentía. ¿Por qué era  así? ¿Por qué era incapaz de mostrar una sonrisa? Recordó los ángeles de la fuente, su pose de desafío, sus alas abiertas e imperantes, pero Mía tenía sus alas rotas.

Algunas veces deseo ser libre, vivir con plena libertad y pensar que no estoy sola pero yo…—no acabó la frase porque notó algo pequeño y frío en su nariz. Abrió sus ojos llorosos y se dio cuenta de que empezó a nevar. Extendió sus manos y vio como los copos de nieves caían a su alrededor y sintió algo raro. El viento susurraba a su alrededor y el canto de los pájaros se convirtió en una dulce melodía. Miró  atentamente cómo saltaban,  canturreaban y, entonces, lo entendió.

Por su mente pasaron muchas imágenes, muchos recuerdos antiguos de momentos de su vida en los que, a pesar de todas las penalidades y obstáculos de ese mundo tan cruel que le había tocado vivir, sonrió al menos una vez y se sintió libre, como si volara, como si tuviera alas.

—Qué tonta he sido —murmuró. Lo que hacía por los niños era porque los consideraba su familia, igual que al resto. En cuanto a Teo, Mía se levantó y se limpió las lágrimas. La nieve caía su alrededor y el susurro del viento cesó. Salió de la Iglesia y fue directa a la casa de Teo.

Tocó la puerta y al cabo de unos segundos su amigo la abrió.
—Mía, ¿qué haces aquí? —se puso su capa y cerró la puerta tras de sí.

—¿Puedo hablar contigo? —Mía le sostuvo la mirada mientras le hizo la pregunta, hecho que Teo percibió.

—Claro —en unos segundos salió con su capa. — Tú me dirás.

—Verás, durante mucho tiempo siempre me he sentido rara. No sé cómo explicarlo–titubeó en su forma de hablar. —Hasta ahora, sólo me preocupaba en levantarme a cierta hora, salir con mi cesta y repartir comida. Miraba, por los demás y, en realidad, solo los ayudaba porque me veía reflejada en ellos y no me daba cuenta de que eran mucho más. Ellos son mi familia, al igual que todos vosotros y hasta ahora no lo había entendido y yo...—no terminó porque Teo tomó la palabra y le puso las manos en los hombros.

—Mía, nos ha tocado vivir en un mundo injusto que trata de manera injusta a la gente que no se lo merece, y que, además, saca lo peor de nosotros y nos aísla de todo lo que importa en verdad. Tú nunca has estado sola, amiga. Aunque te levantes y veas que la miseria y la desolación son el pan nuestro de cada día, tienes que ser más fuerte y buscar la felicidad si bien esté lejos o cerca.
A Mía se les escapó una lágrima por sus mejillas y después vinieron muchas más y Teo se las quitó con sus dedos.


—Siento haberme comportado de esa forma contigomurmuró—.Me gustaría cambiar y quiero que tú… —Teo le agarró del mentón y le dio un beso en los labios. Ahí estaba su respuesta. Ella le respondió el gesto y lo abrazó. Ya no tendría sus  alas rotas. Nunca más.

OTRAS PARTES: I , II

jueves, 16 de julio de 2015

Mis alas rotas II


Terminaron de comer y se despidieron de los pequeños. Una vez hubo llegado Mía a su casa, cerró la puerta y abrió las ventanas para ventilar su hogar. Cuando se dio cuenta de lo tarde que era ya, cogió su capa del baúl y salió a pasear. Recorrió las grandes calles que estaban casi desiertas. Aligeró el paso y llegó a una gran fuente. Se sentó en uno de los lados y vio que el agua aún no se había congelado por la fuerza del frío. Ésta salía de tres grandes ángeles que estaban en el medio, unidos por las extremidades de sus alas de piedra. Mía metió la mano en el agua y la notó fría pero no le molestó.

Miró los ángeles, imponentes con su postura. Casi parecía que iban a echar a volar, pero no. Sus alas de piedra estaban en algunas partes carcomidas. A Mía le encantaba sentarse en la fuente y mirarlas. Era una de las muy pocas cosas que merecía la pena ver en ese lugar. Incluso, muchas veces sintió deseos de tener unas y volar, pero eso jamás sucedería. Entonces una voz le sorprendió por la espalda.

—Hola, Mía —Teo le saludó por detrás. Ella hizo un gesto con la cabeza y él se sentó a su lado—. Hoy he visto a los niños muy contentos-entrecerró sus ojos verdes para rememorar la mañana.

—Yo también me he dado cuenta pero no es suficiente, Teo.

—Nunca lo es, pero hacemos lo que podemos y nuestra recompensa es ver cómo todos sobrevivimos un día más.

—¿Y eso es bueno?—dijo Mía con cierta ironía.

—Yo quiero pensar que sí—le respondió Teo. Ella agachó la mirada y cerró los ojos. Sintió como Teo le cogía un mechón de su pelo moreno y se lo ponía detrás de la oreja. Y su corazón sintió un vuelco.

—Me gustaría decirte tantas cosas, Mía—ella le cogió el brazo y miró sus ojos verdes.

—Yo también Teo, pero es imposible. Es mejor que todo quede como está.

Mía se levantó y echó andar dejando a su amigo, atrás, abatido y consternado. Con el tiempo el corazón de Mía se había vuelto tan frío y blanco como la nieve.

Y en aquel momento, se quedó quieta. Sintió la necesidad de apartarse de todo aquello, aunque fuera por un rato y supo adónde tenía que ir. Caminó con paso decidido hacia la iglesia. Los pájaros volaban en manada muy cerca y los niños que vivían en la Iglesia la saludaron y se acercaron a ella, creyendo que les iba a dar algo.

—Lo siento, chicos. No tengo nada—un gesto de abatimiento se adivinó en sus caras pero agradecieron su visita. La querían muchísimo y ella a ellos, también.

Mía anduvo hasta el muro de la derecha, el cual apenas conservaban algunas partes y daba paso al cementerio. El cantar de los pájaros seguía y la brisa del viento movía las hojas de los árboles secos que caían al suelo. Mía se paseó por las lápidas  hasta que llegó a dos que había al lado de un gran árbol. Eran las de sus padres.

—Hola —les dijo—.Hace tiempo que no vengo a veros. Lo siento. Una lágrima se le asomó por las mejillas. Con los demás mostraba una apariencia fuerte y decidida pero frente a la lápida de sus padres no podía. Con ellos, no.
Se cayó de rodillas y notó el contacto frío de la nieve pero no le importó.

—Yo…no sé qué hacer para afrontar todo esto. Desde que os fuisteis hace un año, me… siento muy solamientras decía estas palabras, las lágrimas caían en la nieve y se abrazó asimismo, sintiéndose como nunca desamparada. —Ayudo a los pequeños a que no sufran por su desdicha, por su maldición de no tener a nadie a su lado que los proteja. No quiero que sufran como yo, como cuándo os perdí, pero ¿quién se preocupa por mí?
        
Podía parecer una egoísta por pensar de esa manera pero en su fuero interno era lo que sentía. ¿Por qué era  así? ¿Por qué era incapaz de mostrar una sonrisa? Recordó los ángeles de la fuente, su pose de desafío, sus alas abiertas e imperantes, pero Mía tenía sus alas rotas.


Colgados del Muro








OTRAS PARTES: I , III




martes, 7 de julio de 2015

Mis alas rotas I


Mía salió de su casa, dispuesta a  afrontar otro día más. Cuando puso un pie en la calle, el sol por casi la dejó ciega. Siempre que salía le ocurría lo mismo y jamás se acostumbraba. Por otro lado, la noche anterior había caído nieve con gran fuerza y era muy difícil transitar por las calles, aunque la nieve empezara a derretirse. Pero eso a ella no le preocupaba. Como tampoco le preocupaba que su casa estuviera casi destruida, como todas las demás.

Por la noche, cuando se acostaba, veía el cielo estrellado y contaba todas las estrellas fugaces que pasaban por sus azules ojos hasta que se quedaba dormida. Además, la yedra había crecido por las paredes antiguas de su vivienda y le daba cierto toque de hermosura.

Los avatares de su vida no eran nada en comparación con la de otros. Ya fuera  y con su cesta de mimbre, dio vueltas por todas las calles para  llegar al punto de siempre, una salida de la colonia que daba siempre a un bosque. A su alrededor, mientras caminaba, vio miseria y desesperación. Madres e hijos se acurrucaban para entrar en calor e improvisaban pequeños fuegos para no perecer de frío. La gente vivía como podía y muchas personas se arremolinaban en antiguas casas derruidas y en ruinas con tal de estar un poco a salvo de las nevadas agresivas y frías que caían siempre. Toda la gente que vio, llevaba ropa andrajosa y vieja y presentaba un aspecto raquítico y demacrado.  Mía no cerró los ojos. 

Esa era su realidad. 

Ella vivía la misma pesadilla eterna que toda su gente. Había aprendido a ser fuerte por ellos y a que nadie sufriera, sabiendo que era una empresa imposible.

Llegó al sitio de siempre y vio a amigos suyos, jóvenes que no llegaban ni a los dieciocho años pero que sentían que el peso de toda la colonia descansaba sobre sus hombros. Entonces oyeron un ruido muy familiar y  vieron dos camiones acercarse a la salida. Pararon delante de ellos y una mujer y un hombre bajaron de cada camión.

—¿Sólo habéis venido vosotros? ¿Y lo demás? —preguntó Tara, una amiga de Mia que estaba a su lado.

—Sólo nosotros hemos conseguido cazar algo —contestó la mujer, y los dos empezaron a sacar la comida, la cual fue distribuida en las cestas y carros para repartirla entre la gente. La mujer y el hombre se marcharon con los camiones, los cuales no se volverían a ver hasta dentro de tres días, espacio de tiempo que tardarían en regresar con víveres y comida que conseguían cazar  en los bosques.  Desde hacía mucho tiempo, se llegó al acuerdo de que un grupo de cinco personas abandonaría la colonia en busca de alimento debido a que las heladas destruían cualquier cosa que brotara de la tierra.

Pero en esa ocasión solo habían vuelto dos, con lo que había menos para repartir.

—Pues manos a la obra —dijo un chico, Teo, un año mayor que Mía.

Fueron a los barrios donde la pobreza y el hambre dio con más fuerza: el de los huérfanos. Cuando llegaron, muchos niños corrieron a ellos con una sonrisa en la cara. Todos esos niños eran los más perjudicados de una situación imposible.

Si los pequeños se alegraron al ver que recibirían un trozo de carne y fruta, los tres jóvenes se alegraron aún más al ver sus caras felices, aunque solo por un momento. Los tres entraron a un gran edificio derruido, una antigua iglesia, donde lo único que se sostenía eran las paredes que contenían vidrieras de colores que se proyectaban en todas partes, creando uno de los espectáculos que merecía la pena de ver en mitad de esa realidad. El resto de los niños que vivían allí y que eran los más pequeños de la colonia los recibieron con saltos y risas.

—Hay para todos, tranquilos-dijo Mía.

En unos minutos la tristeza y  el miedo desaparecieron gracias a la ayuda de los alimentos.
        
—Ojalá no vivieran de esta forma—dijo Teo mientras los miraba.

—¿Y qué se puede hacer? Al menos, los alimentamos y eso ya es algo—admitió Tara.

Mía les daba la razón a ambos pero no se podía hacer nada. Muchas veces había  creído que estaban en medio de una pesadilla larga de la cual algún día despertarían todos, pero la realidad era mucho más poderosa que sus deseos. 


OTRAS PARTES: II , III

miércoles, 1 de julio de 2015

Carta de la discípula

            
Ha pasado una semana desde que te fuiste Maestra y aún no me lo creo. Tu familia, aquella que pocas veces se acordaba de ti, ahora están desechos por tu partida. Los veo llorar y pienso que es ahora cuando se dan cuenta de lo importante que eras y de que deberían haber estado contigo más tiempo y esto me produce pena y rabia. Son sentimientos contrarios, lo sé, pero me produce un dolor inmenso saber que has tenido que morir para que tu familia sienta esto.

Cuando vi tu rostro rodeado de flores y a ti inmersa en sábanas blancas, en tu descanso merecido, pasaron por mi cabeza todas las cosas que hiciste por mí, Maestra, pero también pienso en aquella cosa que yo quería hacer para ti y que al final no se ha cumplido: reflejar tus memorias, tu pasión por la vida y, sobre todo, tu devoción por los libros. Y eso es lo que haré ahora: una oda a tu persona y a tus hijos, los libros, que a fin de cuentas, ya no tendrán a su dueña para ser leídos.